30 oct. 2014

TRES MUJERES, COMO TRES HERIDAS



                            A Miguel Hernández


Piel de arcilla en los dedos

y entre las nalgas flores de cardo.

Era ella, la mujer que más querías.

Le robaste un beso a su cuello de ola

y una aguja de hiel amargó tu frente,

aún nos duele aquel limón.


Los naranjos del valle

se te hacían pequeños

y una ciudad de raíles 

te iba abriendo sus aceras.

Los versos fueron a la tinta  

y ya siempre en cunas de azahar.


Y otra mujer, pincel de alborada

te unció el yugo de pasional arco.

Era menuda, mirada inquieta,

clavel prendido en otros aromas,

los besos se le caían, lluvia de antojos

los mil colores del calor húmedo.


Fue tu niña de pezón ardiente,

te llevó a su volcán de llama azul, 

libaste el magma que rompe los suelos.

Entre las manos… 

el frío adiós de las pavesas. 

Penélope de abalorios, 

trenzó y destrenzó los hilos de la nostalgia.


En adobo de nuevas especias,

ibas macerando el verso: 

Dardeaba el rayo nuestra geología,

enredaba sus astas el toro en la luna.

Y volviste a tu huerto y a tu higuera,

en sangre de justicias tejido.


Verdad a medias de “El rayo que no cesa”, 

a tu virgen metálica en busca del perdón.

Y entre tu pecho fue maleable,

su vientre te dio dulzura,

un niño fue el bálsamo de la pena, 

Tiñó de grana la palidez de aquellos muros,

coral en la inabarcable hondura del dolor


Y esos acróbatas de los sermones

que se enjoyaban con cristos,

te arrojaron a los brazos de la amante más atrevida,

aquélla de las larvas hambrientas,

que solo pudo llevarse tu cuerpo

junto a las rosas del almendro de nata.











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