Sobrevivo en el jardín de piedra,
un árbol me acoge silencioso,
el balancín de las hojas
se apiada de mí.
Un día más y no entro,
por qué no entro.
Cerca, cada vez más cerca,
la mano del saludo
se alza frente a un muro impenetrable.
Lo rodeo, despide frío,
cada vez más frío.
Los brazos se duplican,
los pies dudan,
son como alas sin vuelo.
Si no consigues hacer que se entibie
no puedes traspasarlo
y despegar.
Muro humano, de alambre, granito,
frena, perturba, oprime, …
No hay grietas que se agranden,
solo el respiradero
por donde la voz hiere.
A ratos la palabra,
paloma pálida de lumbre,
se suma al recorrido.
De nuevo aproximarse
con los pasos más justos
y ese frío que pesa.
Y no, aún no entro,
¿dónde la puerta?
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